«La Venganza» por Igor Arriola Fernández

Título: LaVenganza.
Autor: Igor Arriola Fernández.
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Este relato ha sido cedido por su autor para su exposición y difusión en LITERART. Por lo tanto, todos los derechos quedan reservados a su creador. Queda prohibido su explotación, divulgación, modificación, así como otras actividades derivadas sin su consentimiento explícito.

Estimado amigo,

Ante todo darte mi más sincera disculpa por no haber escrito con anterioridad pues mis viajes e investigación me han robado todo el tiempo. Sin embargo no ha de servir de excusa por haber tenido abandonado a quien considero mi mentor y mi más preciado amigo. Afortunadamente mi largo periplo por estas tierras llenas de historias y riqueza cultural está llegando a su fin y pronto regresaré al hogar. Como bien sabes, el motivo principal de mi viaje ha sido el estudio y recopilación del rico folklore de nuestra Tierra. Creo poseer el suficiente material para poder por fin presentar un compendio lo suficientemente completo y riguroso, dentro de lo razonable al tratarse de una ciencia tan incierta como la que me ocupa.

Y es este el motivo por el que deseo aprovechar la ocasión para enviarte la narración de una de las leyendas de la zona de Salvatierra que me ha llamado poderosamente la atención, como comprenderás en cuanto conozcas su título. Sabiendo tu gusto por las buenas historias y aprovechándome de la amistad que nos une,  me permito adjuntártela. Ruego sepas disculpar mi pobre prosa y apelo a nuestra amistad para que cuando la leas, lo hagas a través de los ojos de un buen amigo, no del afamado crítico e historiador que sé que eres.

Sin más preámbulos, he aquí lo que me fue contado, con cierta libertad literaria por mi parte a fin de dar mayor énfasis y emoción a la historia que he titulado La caída del barón Andrés Urquijo Irabien o La leyenda de una venganza.

Fue la noche del 25 de Octubre del anno domini 872 cuando Aitor despertó. Todo volvió de improviso. Los recuerdos de una vida olvidada retumbaron por todo su ser como fantasmas del pasado que volvían para atormentarle. El mecanismo que su propia mente había activado para salvaguardarle de cuanto aquella noche sucedió sencillamente se desvaneció. Atrás quedaron los treinta largos años de cálido olvido a los que se había aferrado, deambulando entre aquellas blancas paredes junto a decenas de pacientes y sobrellevando una existencia vacía que, a diferencia de todos ellos, no podía excusarse a través de la locura. La sorpresa, la emoción, el dolor y sobre todo, el miedo se fusionaron en una riada de sensaciones de las que no podía escapar. Existía una sencilla razón para aquello: había llegado el momento de que la Justicia se cobrase el dolor infligido. Había pasado mucho tiempo, demasiado.

Era hora de saldar cuentas.

Los monjes de la orden de San Benito no daban crédito a la asombrosa recuperación del paciente Aitor Almándoz, quien durante treinta largos años había estado bajo su cuidado pues sufría un mal del alma que los galenos no eran capaces de curar, puesto que tal obra sólo estaba en manos de Dios. Profundo fue el asombro del Arnaldo Iñiguez de Ciriano, que, henchido de gozo y fe, no dudó en anunciar que el Todopoderoso se había apiadado de la torturada alma del hermano Almándoz, liberándola del sufrimiento que había padecido. Durante meses el buen Abad trató de ayudar a que la vuelta al mundo real fuera lo más pausada y fácil posible, pero Aitor sabía la verdadera causa de su repentina curación.  Ya había llegado el momento.

Y no había que hacer esperar al Destino.

Espero sepas disculpar, mi buen lector, si de momento me guardo para mí los hechos, acontecidos hace treinta años, que habrían de desencadenar tan fatídico desenlace  por el bien de la narración.

Estaba agradecido por los cuidados que le habían dispensado, pero hacía meses que estos habían dejado de servir de bálsamo a su despertada conciencia. Ya no podía retrasar más lo que debía ser hecho, aunque aquello significara rememorar todo el dolor. Y así fue como por fin había vuelto a Salvatierra, su pueblo natal, para afrontar el desenlace, largamente retrasado, de los hechos que tuvieron comienzo treinta años en el pasado.

Era un día realmente frío aquel en el que se acercó hasta la loma desde la que se podía divisar en toda su extensión la antigua e impresionante fortaleza del Barón Urquijo de Erabien. Sentado bajo el abrigo de un enorme árbol tallaba lentamente un trozo de madera; afición que había desarrollado inconscientemente durante su voluntario exilio de este mundo. Mientras con mano firme daba forma a la exquisita figura de un fauno, observaba con fuego en los ojos el tranquilo deambular del ganado.

Cuando finalmente dio por satisfecho su trabajo, dejó la figurilla bajo la sombra del antiquísimo árbol. Con paso lento, pues a sus 55 años ya comenzaban a hacerse evidentes los estragos que el tiempo y su enfermedad habían causado en su cuerpo, se dirigió hacia el sur, hacia su antiguo hogar. El paseo duro poco más de 20 minutos, antes de ver por fin la casa. Las ventanas estaban desencajadas, y el frío viento del invierno las mecía sin descanso, entrechocando contra las piedras de la pared. Por toda la estructura podía verse como lenta, pero con constancia, la naturaleza se había adueñado del lugar, pues tanto el jardín como la casa en si misma estaban invadidos por el mismo bosque. Una maraña de enredaderas cubría la fachada de la casa y un viejo árbol, sin duda vencido por el frenético viento invernal había sido derribado sobre la techumbre. El bosque siempre reclamaba aquello que le pertenecía.

Sonrió sin ningún atisbo de humor en su semblante al pensar que a estas alturas todos sus vecinos considerarían la casa como un lugar embrujado, teniendo en cuenta el funesto final para casi todos los miembros que en ella habían habitado. Podía, sin demasiado esfuerzo,  imaginar cómo los mozos, ávidos por impresionar a las mujeres, pasaban noches enteras en su casa como muestra de hombría. Ciertamente aquella casa no estaba embrujada, pero para cuando todo hubiera terminado, sin duda, lo estará. No sin esfuerzo consiguió abrir la puerta. El tiempo no solo había causado estragos en el exterior, ya que los muebles estaban, si no rotos, en un estado lamentable. La única excepción era la enorme vitrina que dominaba el salón. Ésta estaba como el primer día, y sabía que mientras le quedase un hálito de vida, nunca se marchitaría. Era uno de los objetos del pacto sellado con el bosque. Y el bosque siempre cumple sus pactos.

Con suma delicadeza, como quien acaricia la tersa piel de un amante, pasó sus dedos sobre la rugosa madera. Sacó de su raído zurrón una antigua llave y abrió las puertas decoradas con una antigua vidriera, único toque de color que poseía el sobrio mueble de roble. Eran singulares los objetos que guardaba en su interior, pero cuatro, cual faro en plena noche, sobresalían sobre todos los demás: una bolsita sellada con un intrincado nudo, velas, un cuchillo de madera y un viejo cayado cuya empuñadura era una hermosa filigrana semejante a una hoja de árbol.

Lo recogió y observó durante unos instantes mientras su memoria retrocedía al momento que su Abuelo Antxon se lo entregó susurrando una enigmática frase: “recibe el regalo y acepta la deuda del bosque”. Según le había contado, había sido tallado del mismo tronco del que había surgido la vitrina y era, sin género de dudas, el objeto de mayor valor que su familia había recibido. Recordó como a sus 10 años aquello le pareció tremendamente emocionante y misterioso. Que ingenuo y cuanto le quedaba por aprender sobre el bosque, de sus dones y lo que era más importante: el precio a pagar por ellos.

Sacudió ligeramente la cabeza mientras enterraba en el olvido aquellos instantes de su niñez. Por último recogió la bolsita y el cuchillo introduciéndolos en su zurrón. Cuando se dirigía hacia la puerta reparó en el viejo cuadro que descansaba en la pared del comedor. En él podía verse a una pareja con su retoño. Un observador casual bien podría haber pasado por alto que el joven del cuadro era el propio Aitor ya que la vida y el tiempo lo había tratado con suma dureza. Se acercó y lo cogió mirándolo durante un largo rato.

Aintxane” –murmuró mientras con el dedo recorría el rostro hermoso de la mujer hasta detenerse en el niño que descansaba sobre su regazo. Una lágrima rodó por su mejilla, que se enjuagó rápidamente con la manga de su gastada camisa. Tan solo pudo musitar el nombre del niño. Pero la pena fue rápidamente consumida por una rabia largamente reprimida que se evidenció en la fuerza con la que estrelló el cuadro contra la pared que tenía enfrente.

Ni una más” –se dijo a sí mismo dando un golpe al desvencijado aparador- “no derramaré ni una lagrima más. El me arrebato todo cuanto tenía, cuanto era. Es hora de ajustar cuentas.”

La rabia que incendiaba su alma eliminó los últimos síntomas del cansancio que la edad y su enfermedad le habían impuesto y decidido se encaminó hacia la puerta. El tiempo era un bien demasiado precioso para desperdiciarlo con recuerdos de un pasado que ya no volvería. Apretando con fuerza el cayado, se internó en la noche. El sol hacía rato que se había puesto y la luna lo saludaba en todo su esplendor. Miró hacia la Diosa de plata y por primera vez en décadas, sonrió. Pero no había alegría en sus ojos, solo determinación. Si nos hubiésemos atrevido a mirar en la profundidad de su alma, hubiéramos atisbado los oscuros presagios de lo que estaba por llegar.

Se dirigió con presteza hacia el lugar donde unas horas antes había colocado la trampa para conejos y pudo apreciar, con satisfacción, que un hermoso ejemplar se encontraba cautivo. Dando gracias a Marí por serle propicia, liberó al animal y lo introdujo en una jaula que tenía preparada para dicho menester. Y por fin, con todo lo necesario, comenzó a recorrer, con treinta años de retraso, el camino que le llevaría finalmente a su destino.

El paseo nocturno finalizó en un pequeño claro que se hallaba en el centro de aquel milenario bosque, en el mismo corazón. Un antiquísimo roble se erguía majestuoso, y a sus pies Aitor dejó la jaula y se arrodillo alzando una plegaria a la Madre para que intercediera por él. Cuando hubo finalizado descansó unos segundos, para recuperar aliento. Extrajo de su zurrón la bolsita y derramó su contenido, un grisáceo polvo, a su alrededor formando un pequeño círculo. Mientras realizaba el ritual, su memoria volvió a viajar de nuevo evocando la noche en la que habían recorrido por primera vez aquel camino. Recordó como su abuelo esparcía de la misma forma que él ahora hacia aquel polvo y cómo de sus pantalones sacó caramelos hechos por su abuela y los depositó en el interior del circulo para atraer a las más hermosas de las hijas del bosque: las Lamias. La calidez del recuerdo de tan bellas criaturas lo llenó de felicidad momentánea. Pero la realidad de lo que había venido a hacer esa noche se impuso. Hoy no habría de convocar a las hijas del bosque, sino a los guardianes. Hoy no había caramelos para el bosque, sino sangre.

Extrajo el cuchillo y lo dejó en el centro del círculo y sacó al aterrado conejo, que ni siquiera se movió, de la jaula. Todas las criaturas del bosque sabían instintivamente lo que el destino les deparaba en aquel sagrado lugar. Colocó con suavidad al animal, sujetándolo con una mano mientras con la otra empuñó el cuchillo. Las palabras llegaron hasta él proveniente de tiempos más oscuros y antiguos, pues hacía muchas lunas que nadie se había atrevido a pronunciarlas en aquel claro.

Por la sangre os convoco, hijos del bosque, para que sangre sea pagada con sangre y sacrificio con sacrificio. Hago esta ofrenda bajo la atenta mirada de la Madre y ruego con humildad que el Padre traiga justicia a mi agravio” El cuchillo descendió con fuerza y la ofrenda fue hecha. La sangre del roedor comenzó a inundar el lugar y todo el bosque se silenció mientras la respuesta era esperada.

Primero llegó el cuervo, siempre lo hacía, pues era el ojo del bosque. Se posó en el gran árbol y observó el claro. Aitor lo vió y lo llamó por su nombre: Jagole. El cuervo grazno una incomprensible respuesta y sin dejar de mirar a Aitor, agacho la cabeza en señal de reconocimiento y salió volando.

Al poco de marchar el pájaro escuchó el sonido que por un lado ansiaba y por otro temía: ruidos de poderosos pasos, señal inequívoca de que había respondido a su llamada. Su mente volvió a traicionarlo, poniendo en peligro el ritual, regresando al cálido recuerdo del pasado, cuando aquel claro había quedado bañado por la majestuosa y bella presencia de las Lamias. Aquella escena de su pasado le era especialmente dolorosa, pues entre todas aquellas que acudieron a la llamada de su abuelo, una de ellas le sería entregada. Aunque era imposible que aquel entonces el supiera nada de lo que el tiempo le depararía, al verla tuvo la revelación de que sus destinos estarían entrelazados para siempre. Y así era como debía ser, como había ocurrido durante siglos. Era el pacto que unía a su familia con el bosque.

Aintxane… el dolor fue tal que a punto estuvo de olvidar donde estaba y que había hecho. Despejó su mente y vio ante él la imponente presencia del Basajaun. La figura era de proporciones hercúleas. Aunque poseía forma humana, quedaba disimulada por un espeso pelaje del color del bosque que lo rodeaba. Su torso, algo menos cubierto de vello, mostraba unos poderosos músculos capaces de doblegar al más fuerte de los árboles. Su rostro, cubierto de una espesa barba de hojarasca, encerraba unos ojos que habían visto el transcurrir de los tiempos.

Al fin ha llegado el momento” –pensó mientras se levantó y alzó los brazos, tal y como aprendiera hace ya muchos años, gritando al viento el ritual: “Hijo del bosque, Guardián de La Madre y Verdugo del Padre, esta es mi ofrenda, sangre para apagar vuestra sed y carne para mitigar vuestra hambre” – el viento arrastró las últimas palabras, mientras volvía al silencio al bosque, solo roto por la poderosa respiración de la magnífica criatura que ante él tenía.

Finalizado el ritual, volvió a arrodillarse y con la cabeza baja esperó paciente la decisión. La criatura lo observó durante unos minutos que parecieron eternos. Entonces, profirió un grito primigenio y el bosque respondió. De entre el espeso follaje que rodeaba el claro surgieron siniestras criaturas, cubiertas de un manto de oscuridad, que se abalanzaron hambrientas sobre el inerte conejo, y no pudo evitar sobresaltarse, aun conociendo perfectamente a aquellas criaturas, al ver una larga hilera de afilados dientes que asomaban en aquella siniestra sonrisa, mientras con ansia rasgaban y devoraban su presa.

Eres bienvenido de nuevo por el bosque, Aitor, caminante de la Senda” –habló el Basajaun en la lengua antigua, prácticamente olvidada por el hombre.

No pudo evitar sentirse turbado por el simple hecho de que aquella criatura recordase su nombre, tras más de treinta años. La rugiente risa del Basajaun ensordeció al brusco jadear y masticar de los pequeños genios, los cuales observaban con sus ojillos rojos a su señor.

Eres recordado, brujo. Insignificante es la breve existencia del hombre y sus antepasados al ser vista desde los milenios, más es honrado tu linaje y eres honrado tú, pues formáis parte de nuestra historia. Es aceptada por esto tu ofrenda. Somos la memoria del bosque. Bajo los antiguos ritos has hecho de sangre una ofrenda en sagrado lugar, y es aceptado tu sacrificio por nos y nuestros hermanos. Realiza tu petición”

Ante esas palabras los pequeños geniecillos detuvieron su carnicería. Con la sangre chorreando en sus temibles bocas esperaron expectantes la respuesta de Aitor.

Por fin la pregunta”. Respiró hondo y no pudo evitar sentir un ramalazo de miedo, que reprimió rápidamente, ahogándolo en lo más profundo de su ser. Ahora debía recurrir a toda su determinación, pues era el momento más importante y peligroso del ritual que allí se estaba realizando.

Venganza” –dijo con firmeza, sin apartar ni un momento la vista de aquellos milenarios ojos – “Venganza para mí y para el bosque.”

Venganza” –El Basajaun paladeó lentamente la palabra y sonrió.-“ Venganza,. Bien es conocida por el bosque la venganza. Han sido muchas veces pronunciadas tales palabras en él, y no pocas en presencia de nos. Fácil es pronunciarla, más la voluntad y la templanza necesaria para llevarla a cabo no es poseída por todos. Y aun menos ordinario es el valor para afrontar el precio por conseguirla. Pero ha sido realizado el sacrificio, el bosque juzgará tu petición”

La criatura posó su mano sobre el pecho de Aitor, musitando unas inteligibles palabras en un idioma que ningún humano habría podido llegar nunca a dominar, anterior incluso a su misma especie. Notó su inconmensurable presencia en su interior. Observó como si de un espectador se tratara como escarbaba en su memoria, en su corazón, en su misma alma, despojándolo de todos sus recuerdos, todos sus secretos, arrojándolos a la luz, incluso aquellos que él había olvidado u ocultado en lo más profundo de su ser.

Aitor vio el transcurrir de su vida, su niñez. Los juegos infantiles que pronto quedarían en el olvido cuando su abuelo le llevó por la Senda. Recordó todos los amores tenidos y perdidos. Las estaciones pasaron raudas ante sus ojos. El rápido transcurrir se detuvo unos instantes en el momento en que la hija del bosque se unió a él. Aquel fue un inusitado regalo para su linaje y un recordatorio de los votos que lo ataban a su vez. Noto más que vio, como el Basajaun honraba aquel pacto sagrado y milenario. Podía ver el hermoso rostro de Aintxane, su compañera e hija del bosque. Su corazón se rompió por la perdida y, por primera vez en mucho tiempo, lloró. El Basajaun, en un raro acto de piedad para la naturaleza de la criatura ante la que se encontraba, lo dejó momentáneamente a solas con su dolor. Pero una vez pasados esos instantes de tregua, la imagen se fundió con nuevos recuerdos y el dolor quedo atrás invadido por nuevas sensaciones, hasta que por fin, el tiempo se detuvo y llegó al momento crucial. Había llegado la tan temida hora de revivir la escena que lo condenó a treinta años de olvido. Trató de no mirar. Pero cuando uno se entrega al bosque, no hay lugar donde esconderse. Es inmisericorde y lo exige todo.

La imagen se vio inicialmente borrosa, recubierta de una espesa niebla que lentamente fue disipándose. Oyó el apagado sonido de los cascos del caballo y el traqueteo del carro. Era una noche tan fría como esta y volvía de las fiestas patronales con su mujer y el pequeño Antxon, llamado así en honor de su Abuelo. Habían ido al mercado a comprar provisiones y una vez terminada las negociaciones,  la joven pareja había decidido quedarse a la verbena. Recordó el sabor del vino, las charlas con sus amigos y vecinos y el desinhibido baile, que sin duda habría hecho murmurar a las viejas y enrojecer de furia al párroco, con su Aintxane. Había sido una buena noche.

Los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar de forma tan nítida los rostros de su amada y de su hijo. Rezó al Padre para que terminara todo pronto, pues temía que aquello fuera más de lo que podía soportar. Pero el bosque no entiende de remordimientos ni sentimientos de culpa y continuó escarbando en sus recuerdos, en su dolor.

Recordó como miraba orgulloso a su hijo, a quien poco le quedaba ya para cumplir la edad necesaria para comenzar a recorrer en La Senda, renovando así el pacto. Entonces ocurrió. El mundo se quebró. Primero fue el sonido, exagerado en su propia memoria como si el de un trueno se tratara, producido por el impacto de la saeta que mató a su animal. El carro se detuvo abruptamente cuando este cayó fulminado. Recordaba la mirada interrogativa y llena de temor de su mujer. El silencio que siguió al estruendo de la muerte de su caballo se vio roto por los gritos de Aintxane, mientras unos brazos derribaban bruscamente a los tres del carro. Todo ocurrió demasiado deprisa, demasiado rápido y él fue malditamente lento. Recordó como los sollozos de su mujer se convirtieron en gritos mientras aquellos bastardos la forzaron, obligándole a mirar mientras, loco de dolor, trataba de zafarse de sus captores. Entonces oyó la voz, aquella maldita voz…

Aquellos animales le llevaron a rastras hasta los pies de Andres Urquijo de Irabien. El hombre, de unos cincuenta años lo miró con desprecio; aunque en esos momentos el mundo de Aitor se había reducido a los gritos de terror de su mujer y su hijo, retumbando en su cabeza y poniéndolo peligrosamente al borde de la locura.

Hijo de Puta” –consiguió decir antes de que el pomo de una espada lo sumiera en las tinieblas. El húmedo frio de la noche lo sacó de su sopor y volvió, junto con la consciencia, el recuerdo de lo sucedido. Frente a él se encontraba su mujer, cubriéndose con los despojos de su ropa con los ojos desencajados de terror, junto a su hijo, que no paraba de llorar.

¿Dónde está tu valor, ahora, rata inmunda?. Me insultaste. A mí, a Urquijo de Irabien. Yo, insultado por un simple campesino con más orgullo que valor. Dicen que eres un brujo, ¡Un maldito brujo! ¿Dónde está ahora tu poder, hechicero? ¿Por qué no me matas? Maldito farsante. De nada sirven tus trucos para aquel que no te tiene miedo. Y créeme: ahora no das ningún miedo. Tú –su voz tembló por la ira- ¡tú! Te atreviste. Me humillaste delante del populacho  ¡Cómo si fueras mi igual!”- Mientras el hombre gritaba, Aitor pudo ver claramente la locura en sus ojos.- “Mira ahora donde te ha llevado tu vanidad. Tu familia pagará tu osadía, y la lección que esta noche estoy dando aquí quedará grabada en la memoria de toda la chusma. No juguéis con Andrés Urquijo de Urabien o lo pagareis con sangre. Al final servirás para algo. Evitarás que más advenedizos sigan tus pasos. Esta tierra es mía y no dejaré que arraigue ninguna otra idea en esta zona. Los de tu clase existís para servirnos y vuestras vidas nos pertenecen.”

El odio con el que aquel hombre le miraba era dolorosamente palpable. Lentamente, regocijándose en la desesperación de su víctima, extrajo su cuchillo de caza y se dirigió hacia su esposa. Aitor se vio forcejeando, pero los hombres de aquel monstruo lo tenían firmemente atrapado y solo pudo ver como aquel desalmado degollaba a su amada Aintxane. Todo su mundo se sumió en el carmesí de su sangre.

El rugido del bosque lo sacó del sopor de su visión. Bramaban por el destino de una de sus hijas.” ¡Silencio!” –Sentenció el Basajaun, con visible cólera- “no ha concluído aún. Aguardad, más con el Padre por testigo os juro que no quedará sin retribución éste acto sobre la hermana de nos.”

La satisfacción que aquella severa afirmación pudiera haber tenido sobre él quedó empequeñecida ante el terrible dolor que su alma sentía. Nuevamente sintió la presencia del Basajaun en su interior y la escena volvió, con toda su crudeza. El grito de rabia y dolor inundó con toda su intensidad la noche. La vio morir lentamente, escapándosele la vida a borbotones por su horrible herida. se vio forcejeando con sus captores, mientras con gritos desgarrados pronunciaba el nombre de ella. El asesino disfrutó con el dolor de su postrado enemigo. Pero su calvario estaba lejos de terminar, pues con fría determinación, como el que sacrifica un cordero para el día de la Natividad, degolló al pequeño. Fue en ese momento, con la sangre manando cual cascada carmesí de la pequeña garganta, cuando la mente de Aitor se quebró y desconectó de la realidad, en un intento de evadirse de todo lo que estaba sucediendo. El noble observó la mirada perdida de Aitor y sonrió. Su venganza estaba siendo aún más placentera de lo que esperaba. Decidió dejar con vida al despojo que tenía a sus pies, pues sabía que el tremendo dolor que le produciría el recuerdo de lo que había contemplado se vería terriblemente incrementado con el convencimiento de que éste quedaría impune. No había justicia que lo pudiera tocar. No en aquella tierra. Así pues, habiendo cumplido su venganza por el agravio recibido, dejó al pobre infeliz en el camino, junto a los cadáveres de su familia, como muda advertencia de lo que habría de ocurrirles aquellos que se alzaran contra sus mejores.

Se derrumbó cuando por fin la fuerza de voluntad del Basajaun lo abandonó, incapaz de mantenerse en pie por el dolor de los recuerdos. El silencio en el bosque era sepulcral. El Basajaun miraba a la Diosa plateada con la vista perdida y de vez en cuando asentía con la cabeza. Por fin, este bajó la cabeza y miró a Aitor.

“Hemos visto el agravio contra tu estirpe, y cree justa tu querella el bosque. Madre llora la pérdida de su hija, y nos hemos de jurar que tal inmundo acto no habrá de quedar sin retribución. Hasta su asesino llegará la justicia del bosque, más ésta será la venganza de nos, no has nombrado cual ha de ser la tuya, Aitor, caminante de la Senda.

Notó como el recuerdo de todo su calvario había insuflado el odio más allá de los límites de la cordura, y lleno de veneno anunció su venganza: ”Quiero la vida de mi verdugo,  junto con toda la de su estirpe. Esa es mi venganza.”.

“Grave castigo buscas. Muchos desean más, como hemos dicho, pocos poseen el coraje de pagar el sacrificio asociado. ¿Has de aceptarlo tú, Aitor, caminante de la senda?”

Si –sentenció.- Entrego mi esencia al bosque, en pago por mi petición. Ese será mi sacrificio.“ – Dicho esto, cogió el cuchillo ensangrentado y con su afilada hoja segó sus muñecas, observando como la sangre caía al suelo y sembraba el campo donde su venganza habría de germinar. Pronto sintió desfallecer su cuerpo y cayó en el claro.

Cara es tu petición –dijo con voz apagada el Basajaun, en respeto al sacrificio que ante él tenía lugar.- ” más valioso es el sacrificio que haces para que se cumpla. Será pues, que cuando la Madre tres veces alcance su plenitud desde el día de hoy, tu venganza será cumplida. Descansa sereno junto al Padre ahora, Aitor, hijo de la Senda”

Tras estas palabras, el Basajaun hizo una reverencia ante el enorme roble y con suavidad recogió el cuerpo moribundo de Aitor y lo apoyó contra el gran árbol. Hecho esto, se retiró junto a sus duendecillos, decepcionados porque no se les permitiría festejar un nuevo banquete con aquella nueva ofrenda, pero relamiéndose con el festín que en tres lunas podrían disfrutar. El bosque es paciente, al igual que sus hijos.

Aitor noto escapar la vida y, lentamente, el gran árbol comenzó a engullirlo. Gracias a aquel gesto comprendió que el padre no solo había aceptado de buen grado su sacrificio, sino que además lo honraba con una nueva bendición, la mayor que otorgaba: formar parte del bosque.

Estos son los hechos que hace siglos tuvieron lugar en este mismo bosque, según cuentan las leyendas. Por supuesto entenderé amigo mío, en reconocimiento a tu intelecto y gusto por la racionalidad que impera en nuestros tiempos, que no creas en nada de lo que he expuesto, atribuyéndolo justificadamente al folklore de un pueblo antiguo y supersticioso, como es el vasco. Pero independientemente de lo que creamos, los hechos son que exactamente tres lunas después del último día que fue visto Aitor, la familia del barón Urquijo de Irabien desapareció. Fue durante una aterradora noche, plagada de truenos e inhumanos gritos, según contaron a la guardia del regente García Jiménez los vecinos de Salvatierra que se presentó en el lugar de los hechos a la mañana siguiente, bien pasada la noche y su tormenta, a investigar los horribles sucesos allí ocurridos. Naturalmente, las autoridades, al igual que tú mismo imagino, no dieron crédito a las vulgares supersticiones de unos pueblerinos, que aseguraban que el bosque había por fin vengado las afrentas ocurridas largos años atrás. Las pesquisas llevaron a la muerte bajo el yugo del verdugo a un grupo de vagabundos gitanos, de los que obtuvieron confesión incriminatoria del horrible crimen cometido, aunque nunca consiguieron hacerles confesar dónde habían enterrado los cuerpos. Por supuesto, esto no es más que parte de las aversiones que esta etnia ha despertado durante décadas en la zona, pues es bien sabido que durante la época que acontecieron lo hechos, estos aún no habían llegado hasta estas tierras, sino varios siglos después. Es más probable que se tratara de un ataque de las fuerzas militares de los Banu Qasi, pues llevaban años de campaña militar contra el Reino de Navarra, como bien sabrás.

Sin embargo, dice el vulgo, que cuando la luna está en su plenitud, si se mira con atención los arboles de la fantasmagórica fortaleza de los Urquijo de Irabien, se pueden ver los gimientes rostros de la familia en sus troncos, en eterno tormento, como justo castigo por los pecados cometidos contra el bosque.

Si te soy sincero, no puedo dar fe de dicha afirmación, pues no he acudido al lugar, pero esta noche hay luna llena y tengo intención de comprobarlo por mí mismo. Espero que el relato te haya gustado y prometo volver a escribirte con más asiduidad.

Mientras tanto recibe el abrazo y cariño sincero para todos los tuyos y para ti mismo. Espero que pronto podamos volver a vernos, si mi vagabundeo por estas tierras me lleva nuevamente, como anhela mi propio corazón, hasta mi amado Bilbao y podamos celebrar mi regreso con sendas jarras de cerveza.

Hasta entonces

Imanol Artola de Irabien.

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